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  1. Todos los Santos: La otra Novia Oscura.

    martes, 3 de septiembre de 2013


    Por: Johansson Cruz Lopera (@Johansson_Cruz)





    ¿Ya leíste “La novia oscura” de Laura Restrepo? ¡No!, te dejamos un perfil de Todos los Santos, uno de los personajes de la novela, para antojarte a leerla. ¡Cuéntanos!


    Anclada en la memoria queda la imagen de Todos los Santos, rapada. Y a su lado, también sin cabello, se encuentran sus mujeres vigilándola. Hombres vestidos de negro, con los rostros cubiertos, dejan esa huella en algunas putas de La Tora: la cabeza rapada. Todos los Santos, a pesar de su edad aún conserva, con honor, un título ganado con decencia en muchas camas, bajo muchos hedores y sudores; bajo muchas palabras que prometían un amor venidero y despidiendo otro río de amores que quedaron en volver.  Todos los Santos quedó ahí, en la entrada de su casa, mirando cómo a lo lejos camina Sayonara (la protagonista de esta historia, la prostituta más deseada La Tora) con su cabello recogido, la única (¡casi siempre era la única en todo!) que no sufrió del ataque sin razón. La anciana es la abuela de La Catunga, ese barrio exclusivo de putas que esperan cada fin de semana a los hombres barbados y sudados de la Oil Company, procurando ganar en una noche lo que ellos se demoran en conseguir en una semana. Así funcionan las cosas en La Tora y a pesar de que Todos los Santos hace ya mucho que dejó de circular por los brazos de estos hombres, sus mujeres son sus brazos y su rostro y sus pies y su vagina en cada cama, donde se encuentre una de sus ahijadas trabajando. Ahí sigue la Madrina, con su cráneo descubierto, sin desespero, asumiendo con sabiduría este nuevo escollo. Una pañoleta entonces soluciona todo. Y sus palabras calman a las más jóvenes: "Las esperanzas se mantienen vivas mientras no preguntan, porque las respuestas la aplastan". Y en eso consiste el juego, por eso ella aún almacena con altura sus recuerdos, su presencia, su pasado y lo que ha dejado de ella su presente. Nunca preguntó. No necesitó jamás respuestas. La vida era para ella simplemente eso, vida, no importa cómo llegue.

    Y Sayonara fue para la anciana, uno de esos regalos que la vida le dejó ahí, bajo su sabiduría. Un regalo que en su interior esperaba desde hace mucho tiempo. Porque sí que había pasado mucho tiempo desde que ella gritó por última vez “¡llegaron los peludoooossss! ¡Ya llegó el billete!” refiriéndose a los trabajadores de la Oil Company. Ahora sus esperanzas de una nueva vida de bonanza estaban en esa niña greñuda y flaca que llegó con Sacramento. Y así fue, Sayonara, su ahijada, le dio durante un tiempo ese bienestar que ella necesitó. La proveía del poco dinero que necesitaba para vivir y la mantenía de nuevo ocupada. Ahora ese montón de Felipes (refiriéndose a sus mascotas, a todas las llamaba por ese nombre) cobraban sentido. Sayonara lo llenaba todo y Todos los Santos se dejaba llenar de ella. Porque lo necesitaba.

    La sabiduría llega con la vejez. Y a ella le sobraban años y en algún momento, antes de aquel incidente sin razón, le sobraron canas. “Madrina ¿por qué son saladas las lágrimas?” pregunta una de sus mujeres y ella contesta: "¿Por qué creen que son saladas las lágrimas? Porque son agua apenada. Por eso". “Madrina y que es el tenis” pregunta asombrada Ana y ella, sin saber bien la respuesta se aventura a contestar sabiendo que no le es permitido dejar vacíos sin llenar: “…gana el que logra tirarla más lejos con la raqueta. La raqueta es ese canasto aplastado que tienen en la mano”. “Madrina, no deje ir a Sayonara” le reclama la Fideo; “…no se puede hacer nada, sólo queda esperar que la vida, que una vez la trajo, vuelva a acercarla”. Así es Todos los Santos, una anciana sin preguntas, pero llena de respuestas.
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