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  1. Disney y los cuentos clásicos

    viernes, 14 de junio de 2013



    Por: Johana Rivillas (@JRivillas)

    -Quiero que busques a tu príncipe y bailes al compas
    del felices para siempre (…). Quiero nietos.
    -No tengo tiempo para eso.

    La princesa y el sapo, min. 13:37.


    Desear algo con toda la fuerza que tu corazón te brinde, desear y desear, esperar que la magia haga lo suyo, que te envíe una lámpara mágica, un hada madrina, un príncipe azul rico, amable y apuesto; esperar, no hacer más que esperar que los problemas desaparezcan de golpe, que todos descubran que desde siempre has sido una princesa y que el mundo encantado y feliz que deseas te sea entregado pronto. No hay más. Eso es lo que se necesita, eso es lo que el “mundo maravilloso” de Disney nos viene mostrando desde hace mucho en sus adaptaciones de los cuentos clásicos, cuentos que en su forma original muestran aspectos no tan positivos, ya que su intención no era mostrar el mundo de color rosa sino, por el contrario, dar lecciones a los niños, mostrarles, por ejemplo, que no es bueno hablar con extraños ni confiar en ellos ya que, si lo haces, puedes convertirte en la cena de un hambriento lobo feroz o quedar sumida en un sueño profundo y eterno al morder la manzana embrujada que te ofrecen, mostrar que el mundo es un lugar peligroso y que si no cumples tus promesas y no respetas los bienes ajenos, te pueden pasar cosas terribles.

    Los cuentos clásicos querían enseñar, hacer dudar, advertir, sin embargo, aunque las editoriales han intentado a través de sus nuevas y llamativas ediciones hacer que no desaparezcan por completo, podemos ver que diversas versiones de estos se han tomado las bibliotecas y las pantallas de cine, actualmente son pocos los que saben que “La caperucita roja” de la que todos hemos escuchado fue inventada, inicialmente, por Charles Perrault y que al final la ingenua caperucita no era rescatada por un amable leñador, sino que moría devorada por el lobo.

    El príncipe Rana y La princesa y el sapo.
    En 1803 los Hermanos Grimm se interesaron por los cuentos tradicionales y se dedicaron a recopilar muchas historias que eran compartidas de manera oral, las escribieron y las compartieron al mundo, tanta fue su acogida que en algunos lugares su versión escrita desplazó a la versión conocida por medio de la tradición oral.

    “El príncipe Rana” es uno de estos cuentos, en él se nos narra la historia de una bella princesa que ve con tristeza como su pelota dorada desaparece en las aguas de un profundo pozo, se lamenta por lo ocurrido y una rana aparece con la intención de socorrerla pidiendo, a cambio, pasar tiempo al lado de la princesa. Ésta acepta el trato y promete hacer lo que la rana pide, pero al tener de nuevo la pelota dorada en sus manos se olvida de todo y se va corriendo al palacio. Cuando está allí, sentada a la mesa con su padre, aparece la rana exigiendo el cumplimiento de la promesa realizada y el Rey obliga a la princesa a cumplir lo prometido. Luego, cuando se encuentran en su habitación, la princesa arroja a la rana contra una pared y ésta se convierte en un apuesto príncipe, así que el Rey obliga a la princesa a casarse con él.

    Sin embargo, la historia no es tan simple como parece, en la traducción de Inés Beláustegui, se pueden leer elementos bastante interesantes al respecto. La princesa, al verse en una posición mucho más elevada que la rana decide olvidar lo prometido, un elemento que se ve frecuentemente en las relaciones de poder y que, de un modo u otro, tenía su espacio en aquella época. Puede observarse la presencia de la magia, la cual domina y guía el destino de los hombres, incluso de los príncipes. Y, por último, se evidencia también el control que ejercen los padres sobre sus hijos: “Y por orden de su padre se convirtió en su amado compañero y esposo” (Hermanos Grimm, 2001, p. 262), el padre de la princesa, es decir, el Rey, no sólo ordenó que su hija se casara con el príncipe, sino también que lo amara, y la princesa obedeció, dado que en muchas ocasiones no se tiene voz propia, no hay opciones, no hay forma de oponer resistencia.

    Disney, por su parte, tomó dos de los elementos planteados por este cuento y los adaptó formando su propia historia, su propia versión. En ésta también aparece la magia para encargarse de convertir a un apuesto príncipe en sapo, un príncipe que además es bailarín, músico y un gran conquistador, y que está en la búsqueda de una princesa rica que no logra encontrar a tiempo y, además de este elemento, también conserva la boda, una boda casi al final, que no se efectúa por las mismas razones que se plantean en el cuento.

    “La princesa y el sapo”, es una película de príncipes y princesas, de magia y amor, de besos mágicos y de final feliz, la cual, a pesar de contener todos los elementos propios de las tan conocidas películas de Disney, en las cuales las princesas esperan ansiosas a su príncipe azul, se aleja un poco de ese formato tradicional, plano y elitista, para mostrar nuevas aspectos. Se presenta, inicialmente, un príncipe que ya no recibe el apoyo de sus padres y que busca casarse desesperadamente con una princesa rica que le permita seguir con su ostentoso estilo de vida y, para vivir aventuras a su lado, se nos muestra no a una princesa sino a una camarera que no está esperando por su príncipe azul, que tiene dos trabajos y un sueño por el que lucha, porque sabe que tiene que luchar, que no basta pedir un deseo y sentarse a esperar; además de eso, estos dos protagonistas son de piel oscura, no son rubios, de ojos claros y no viven “en un pueblo lejano”, sino en Nueva Orleans, la ciudad multicultural del sur de los Estados Unidos, la ciudad del Jazz.

    Con tantas diferencias entre sí, ¿cómo se llegó al final feliz? Bueno, es bien sabido que, según lo que nos ha enseñado Disney, el príncipe sapo recobra su forma humana, no como se plantea en el cuento tradicional: lanzándolo contra una pared, sino siendo besado por una princesa. En esta historia el príncipe es besado por una camarera que accede a hacerlo porque será recompensada, porque esto le ayudará a cumplir su sueño, el asunto es que el beso no funciona y ella también se convierte en sapo, así es como emprenden la aventura que los llevará a conocerse y a enamorarse, para luego besarse realmente y volver a ser humanos. El final feliz no se centra en el matrimonio de los dos protagonistas, sino en el cumplimiento de un sueño en compañía de los seres amados.

    Un nuevo argumento, con los mismos elementos combinados de forma diferente, que, a pesar de todo, concluyen en el encuentro del amor verdadero acompañado del final feliz del que tanto dudamos.

    ***
    Los cuentos clásicos han resistido el paso del tiempo y siguen siendo primordiales para hablar de las nuevas versiones, siguen allí y siguen contando con Promotores de Lectura y editores que les apuestan y los sacan a flote, pero no se puede dudar que Disney también ha resistido, ha resistido las críticas y las posiciones en contra y sigue apostándole a su mirada optimista y poco realista, sigue entreteniendo, aunque, de un modo inesperado, muestra con esta película una nueva mirada, una nueva postura. No es gratuito, por ejemplo, que la verdadera princesa de este cuento sea rubia, de ojos y piel clara, rica y extremadamente mimada, y que al final de todos sus esfuerzos no se quede con el príncipe, ¿acaso Disney está parodiando al tipo de chica que lo tiene todo y busca siempre apoderarse de todo? Esta pregunta no puede contestarse con precisión, pero este detalle es un indicio de que algo nuevo está pasando en los estudios de Disney, algo que debería observarse de cerca.
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